viernes, 25 de abril de 2008

Los premios Mastropiero

Qué podemos agregar de Les Luthiers que no se haya dicho ya ... o que sí se haya dicho .

Uno de mis primeros post en este blog fue dedicado a ellos, proponiendo escucharlos. Algún amable lector dijo que no había solo que escucharlos sino verlos. Toda la razón. Pero no todos tienen la tecnología o las lucas para verlos.

Les Luthiers forman parte de mi más tierna infancia. En largos viajes con mis padres, mi papá ponía sus cassettes de Les Luthiers en la radio del auto y los dos gozabamos cantando, riéndonos una y otra vez de los chistes. Mi mamá y mis hermanas nunca los disfrutaron mucho, pero eso no nos impedía ponerlos, total, el que ponía la música era el papá. La primera canción que me aprendí de memoria fue "El explicao'" , un gato que en un lenguaje sencillo intenta explicar el significado de algunos términos criollos. Si hubiera sabido inglés de chica, me habría aprendido también Lazy Daisy, porque siempre he alucinado con esa canción. Y "Las Aventuras de don Rodrigo Díaz de Carrera, de sus hazañas en tierra de Indias, de los singulares acontecimientos en lo que se vió envuelto y de cómo se desenvolvió", constituían casi mi biblia. Y entre mis tesoros más preciados está un vinilo de Les luthiers, de 1979, que tiene en la carátula una foto de los 7 integrantes originales, regalo de mi padre.

Producto del fanatismo de mi padre por los argentinos estos, cada vez que venían a Chile él partía a verlos. Digo "partía", porque incluso viviendo en Temuco, viajó a Santiago por el fin de semana solo para verlos. O viviendo en Viña, venía a Santiago por la noche a verlos. Y luego me empezó a invitar a los espectáculos. El primero debe haber sido el año 1991, al Teatro Oriente. Verlos en persona, después de haberlos escuchado durante años fue impresionante. Darle cara a esas voces que me eran tan familiares... además que terminé con dolor de guata de tanto reirme.

La siguiente vez, el 97, en el Teatro Teletón. Fue la primera vez que fuimos solos con mi papá. Luego, al Teatro Municipal el 99. El 2002 fuimos a verlos al Teatro Municipal, esta vez con mi suegra y unos amigos. El 2003 con el Jose los vimos en Buenos Aires, cuando nos fuimos de luna de miel. En esa oportunidad fuimos a una de las mejores ubicaciones, y las entradas nos constaron los mismo que la última vez en el Municipal. Solo que en el Municipal estabamos lo más arriba posible, un poquito más arriba de las luminarias....

Tuvimos que esperar 5 años para verlos nuevamente. Esta vez en el Arena Santiago, tremendo recinto en el que, inevitablemente, se perdía la intimidad y algunos gestos, que antes vi desde la tercera fila, ahora tuve que ver en las tremendas pantallas gigantes que había al lado. Eso sí, escuchar a 6 o 7 mil personas riéndose a la vez, es bastante emocionante.

Y acá están... con ustedes.... les Luthiers

clap clap clap clap

miércoles, 16 de abril de 2008

¿Y la lluvia?

Me encanta la lluvia. Me encanta ver llover. Me encanta mojarme el pelo con la lluvia. Y me gusta el olor que hay antes de la lluvia. Que no es olor, sino sensación. Si es con truenos y relámpagos, aún mejor.

Recuerdo que, en alguna ciudad sureña en la que viví, llovió un invierno 26 días seguidos. Claro que como el sur está más preparado, no fue una tragedia demasiado grande. Y yo lo pasé increíble. Cuanto chica, me encantaba la lluvia, aunque siempre odié esas botas Bubbles Gummers azules que me compraba mi mamá. Ahora las encuentro lindas, pero en esa época eran lo menos "in" del mundo.


Acá en Santiago no. Acá llueven dos días y queda la embarrada. Literalmente, porque con la cantidad de polvo y tierra que hay en las calles, todo se vuelve lodoso durante las primeras horas. Después se anegan las poblaciones construidas en lugares inadecuados, los pasos bajo nivel, algunas calles se convierten en ríos y los dueños de triciclos repartidores se hacen millonarios.


Pero igual es rica la lluvia. La lluvia me relaja, y limpia el aire. Y cuando el aire está limpio, uno respira mejor. Dan más ganas de respirar. No es que uno anda aguantando la respiración cuando hay preemergencia, pero eso de "inspirar fuerte" es más rico después de la lluvia.


Claro que eso de amar la lluvia da como cargo de conciencia, porque no todos tienen la infraestructura para soportar la lluvia. Y la gente se moja, y lo pasa pésimo, y los niños se enferman. Aunque la falta de lluvia también aumenta las enfermedades respiratorias, y la cantidad de bichos en el ambiente, así que tendríamos que evaluar cuál es el mal menor.


Lo cierto es que ya estamos a mediados de abril, y del agua nada. La semana pasada anunciaron lluvia pero solo tuvimos nubes grises y el cerro Manquehue cubierto (según algunos, signo inequívoco de que lloverá. Mentira). Ninguna gota. Una verdadera falta de respeto. Y ya nos estamos empezando a secar. Los lagos ya están secos. Las calles están polvorientas y los árboles con sus hojas sucias.


Asi que propongo hacer un machitún. Como resulta un poco complicado fijar un día y hora y esperar que todos vengan a celebrar alguna ceremonia o rito llamando a la lluvia, propongo que cada uno haga un machitún a nivel personal. Y entiéndase como machitún todos aquellos actos que puedan llamar a la lluvia.


Por ejemplo: cada vez que mi papá lava el auto, llueve. Ese sería su machitún a nivel personal.


Si todos lo hacemos a la vez, capacitos que llueva. Y ahi si que me hago millonaria con la idea... nada de andar bombardeando nubes.



lunes, 7 de abril de 2008

Mimos


Me cargan los mimos. Me escapo de ellos. La sola idea de que uno de esos tipos de cara blanca y una mamona lagrimita pintada negra sobre la mejilla se me acerque y me haga parte de su rutina me molesta.
No sé si será consecuencia de algún recuerdo olvidado de mi niñez, o si es parte de la evolución lógica del ser humano. Pero me tranquiliza saber que no soy la única, que somos millones. Aunque, conste, si fuera la única los seguiría odiando.

Inocentemente, durante años pensé que los mimos callejeros eran prácticamente patrimonio exclusivo de Chile. Porque, existía Marcel Marceau, ya, pero me imaginaba que los mimos del mundo eran profesionales, y solo los chilenos tenían que recurrir a la audiencia transeúnte. Pero hace unos años, en Buenos Aires,y haciendo el clásico recorrido por Caminito, nos topamos con un mimo. Y por más que nos escabullímos entre los locales de artesanías, y entramos a cuanta tiendas de antigüedades encontramos, el mimo parecía seguirnos. Hasta que finalmente, para que nos dejara en paz, tuve que dejar que me regalara una "flor". Uf. Media hora para eso. Me imagino entonces que los mimos están en todo el mundo. Incluso podríamos decir que son una plaga a nivel mundial.

Todos los días, en el Paseo Ahumada, una peatonal donde pasa MUCHA gente TODO el día, frente a la casa matriz de un banco, a las 7 de la tarde un mimo sin conciencia del flujo peatonal comienza su pseudo espectáculo. Pero como nadie quiere que el mimo famoso lo suba a la pelota, y al parecer la creencia popular es que el show del mimo hay que verlo a unos 10 metros de distancia del "artista", se arma una especie de "foro" o escenario natural, que le permite al mimo famoso hacer de las suyas con toda tranquilidad, mientras el resto de los humanos tenemos que hacer fila india para poder pasar por el costado. Claro, porque la otra opción es pasar por la mitad, so riesgo de caer en las redes del mimo, y ser blanco de toda clase de bromas y pantomimas. Y si uno no se rie o no le sigue el juego, el público abuchea!!

Los domingos, frente al Museo de Bellas Artes, se instalan dos mimos. En la mitad de la calle. Justo al medio entre los autos que van hace el Mapocho, y los que vienen del ídem. Y conste que no hay bandejón central. El público se instala en ambas veredas, con los niños, coches, y se suma el vendedor de mani y de algodón dulce, convirtiendo esto en un espectáculo masivo. El punto es que el tráfico no está cortado a esa hora. Noooo, para nada. Los autos deben pasar entonces, entre este mar humano, a modo de extra y parte del show, intentando no atropellar a nadie, no chocar al auto que va adelante, y todo lo anterior rogando que el mimo no se le ocurra arma un espectáculo con el auto de uno. No es fácil.
Tal vez debería proponer hacer una liga mundial anti mimo, pero parece que eso se le ocurrió ya a los Copano.
Así que propongo no reirse con los mimos. Pasar por la mitad del "escenario" que armen, y si el mimo se les acerca, lanzarle solapadamente alguna amenaza. Podemos involucrar a algún miembro de la familia incluso. Pero nada muy evidente para que el tipo no haga show. Algo intimidante que provoque la huída inmediata.
Si alguien encuentra la frase adecuada... por favor compártala.